Don Carlos llegó a La Falda con 18 años y un solo objetivo: abrir un almacén de barrio donde todos se conozcan por el nombre.
Empezó con pocas góndolas, fiando a los vecinos y atendiendo desde las 7 de la mañana hasta la noche. Hoy, su almacén es un punto de encuentro: pasan jubilados a charlar, chicos a comprar golosinas y turistas que caen por recomendación.
En esta entrevista habla de la crisis del 2001, de cómo la tecnología llegó al almacén (¡sí, tiene delivery por WhatsApp!) y de qué significa ver crecer a tres generaciones detrás del mismo mostrador.